No sé en qué momento empecé a aceptar tan poco.
Tal vez siempre fue así.
Tal vez siempre estuve dispuesta a tomar las migajas, a esperar en silencio a que tú decidieras acordarte de mí.
No soy tonta, Atlantis
Sé que no soy prioridad, que sólo me buscas cuando el mundo te pesa o cuando necesitas un poco de calor para sentirte vivo.
Y aun así, aquí estoy.
Me dices que me quieres, pero nunca te quedas.
Vienes, me rozas con tus manos suaves y tu voz dulce, me arrancas el aire… y luego te vas como si nada hubiera pasado.
Y yo, estúpidamente, me quedo mirando la puerta, preguntándome si volverás.
Si pensarás en mí cuando no hay nadie más.
A veces me repito que no me importa, que puedo vivir así, a ratos, a escondidas, siendo un pensamiento fugaz para ti.
Pero duele.
Duele porque sé que si yo desapareciera, tú seguirías, tal vez con un leve vacío, pero seguirías.
Mientras que yo…
yo me derrumbaría.
Me odio por necesitarte de esta forma.
Por seguirte el juego.
Por quedarme callada cuando quiero gritar que no soy tu entretenimiento, que no puedes entrar y salir de mi vida como si fuera tuya.
Pero nunca lo digo.
Porque si lo digo, te vas.
Y si te vas… no sé quién queda de mí.
— Otoño