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- ℰl tiempo fluye implacable y no guarda espera para nadie; la muerte, ciega y serena, jamás discrimina entre la lozanía de la juventud y la marcha cansada de los años.
ℰn medio de una era convulsa, de tormentas y desvelos, ¿es posible que dos almas jóvenes hallen refugio y consuelo en el tibio abrigo de la otra? ¿Aun cuando ese amparo se sienta como una falta sagrada, un susurro de pecado tallado en la sombra? Y en esa penumbra, ¿cómo logra un extraño, con la sola gracia de una mirada fugaz, desmantelar las fortalezas más altas y hacer colapsar cada una de tus defensas?