Borregapl
Kael es una paradoja andante. Bajo el fulgor de los reflectores, es el ídolo de masas, el rostro perfecto que millones adoran. Pero esa belleza escultural es solo la máscara de un depredador de más de mil años, un vampiro que ha aprendido a navegar el mundo de los mortales con la misma facilidad con la que les arrebata la vida.
Una noche, al emerger de las entrañas de un antro clandestino, un refugio para su propia especie, el aire viciado se mezcla con una conversación que despierta su instinto. La voz ronca de un traficante ofrece a una joven como "mercancía barata". Kael ha presenciado el declive de imperios y la masacre de ejércitos; la compasión es un lujo que se extinguió hace siglos. No siente nada por ella.
Pero cuando la muchacha alza la mirada, Kael se encuentra con unos ojos que no reflejan miedo, ni siquiera rencor. Son ojos vacíos, de quien ya ha hecho las paces con su propio fin. Esa ausencia de toda esperanza, esa rendición absoluta, provoca en él un eco desconocido. Sin comprender por qué, sus piernas se mueven, atravesando la penumbra hasta la puerta donde el hombre sostiene el rostro de la chica entre dedos mugrientos.
Sin mediar palabra, Kael toma la mano de la joven y la aparta como si fuera una muñeca de trapo. Lanza un grueso fajo de billetes a los pies del traficante. No la ha salvado. No hay caballerosidad en su gesto. La ha reclamado como se reclama una propiedad. Ahora, ella es suya.