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En el Rectory de Santa Misericordia se veía entrar a un chico de tez blanca, nariz griega y cabello levemente rizado; morocho, alto, de presencia firme.
Era conocido por su carácter fuerte. Serio, reservado y, por ello mismo, profundamente educado. Su porte no admitía descuidos: cada gesto, cada palabra, debía estar a la altura de su rol.
Era el clérigo de la iglesia del Rectory de Santa Misericordia, y su vida estaba regida por la disciplina, la fe y el deber.
Por otro lado, estaba el pastor.
Un pastor de corazón noble, que ayudaba desde el amor antes que desde la norma. Su rol era sencillo, aunque no por eso menos importante: robaba corazones con su bondad y su sonrisa sincera.
Era un chico trigueño, de cabello castaño y ojos verdes claros. Así lo veían todos: el pastor más inocente y bondadoso que podía habitar la iglesia.