Hanna_Smile123
Todo rey tiene una reina.
Y Ryomen Sukuna, el afamado y temido Rey de las Maldiciones, no era la excepción.
A su lado permanecía una mujer a la que muchos llamaban, entre susurros y miradas furtivas, su esposa trofeo. Un título cruel, pero nadie se atrevía a pronunciarlo en voz alta. Después de todo, bastaba con dirigirle una mirada demasiado larga para terminar despedazado por las propias manos de Sukuna.
Era una figura que pocos habían visto de cerca y aún menos habían tenido la fortuna de contemplar dos veces. Se la observaba desde la distancia, como a una flor venenosa cuya belleza resultaba imposible de ignorar. Admirarla era sencillo. Sobrevivir después de hacerlo era otra historia.
Había llegado a su lado como un sacrificio.
Un antiguo clan de hechiceros, desesperado por prolongar su existencia, la había ofrecido al Rey de las Maldiciones con la esperanza de obtener su favor y comprar un poco más de tiempo para sí mismos.
Una decisión tan cobarde como cruel.
La joven apenas superaba la veintena. Su piel era tan pálida que parecía no haber conocido jamás la luz del sol. Sin embargo, lejos de hacerla ver enfermiza, aquella blancura realzaba una belleza capaz de dejar sin aliento a cualquiera.
Su cabello, negro como la tinta derramada sobre el papel, caía en suaves ondas alrededor de su rostro. Sus ojos rojos eran hipnóticos, hermosos y aterradores a partes iguales; podían transmitir una calma inquietante o helar la sangre de quien los mirara demasiado tiempo. Y sus labios, rojizos y delicados, parecían imposibles de ignorar.
Era, sin duda, una mujer extraordinariamente hermosa.
Una belleza digna de poemas, pinturas y leyendas.
Lástima que hubiera terminado como ofrenda para una bestia como Ryomen Sukuna.