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Anthony Bridgerton ha tenido un año para el olvido. La temporada de 1815 fue un desfile de tragedias: sus intentos por proteger a su familia solo lograron distanciarlo de ella, sus hermanos lo consideran un déspota incapaz, sus hermanas un estorbo, y su madre -aunque nunca lo diga en voz alta- lo cree insuficiente. El fracaso matrimonial que debió coronarlo como el hombre más codiciado de la alta sociedad terminó por sepultar su reputación: no es solo el vizconde Bridgerton, también es el hombre que Edwina Sheffield abandonó en el altar bajo la mirada implacable de todo Londres. Una mancha en su honor que jamás se borrará.
Convencido de que su futuro está condenado y buscando escapar de su propio apellido, Anthony viaja a Nápoles para asistir al matrimonio de su hermana Eloise. Allí, entre la suave brisa del mar, las flores y un desfile de invitados excéntricos de la peculiar familia Addams, cree ser testigo de la criatura más bella que ha pisado la tierra. Christine se le aparece como una visión celestial: belleza etérea, porte angelical, la encarnación de la pureza.
Pero la ilusión dura lo que tarda ella en abrir la boca. Porque de sus labios, que parecían esculpidos para murmurar plegarias divinas, brota la obscenidad más brutal que un caballero haya escuchado jamás de una dama.
Un insulto tan tosco que Anthony siente cómo se le desmorona la ilusión de la dama celestial. Lo que parecía un ángel es, en realidad, una criatura de lengua afilada y modales impensables.
-Ya, entonces es todo tu culpa -dijo Christine, agitando su abanico con una calma impensable.
Anthony quedó anonadado, sin saber si había oído bien.
-¿Mi culpa? -alcanzó a preguntar, incrédulo.
-Pues sí. Si me hubieran tratado a mí como a una vaca, habría hecho algo mucho peor que abandonarte en el altar.
DISCLAIMER: Bridgerton y sus personajes pertenecen a Julia Quinn y Netflix.